“En esta edición revisada y ampliada de Frutos extraños, descubrí la cara más sensible, vigorosa y palpitante de una profesión que atraviesa tiempos difíciles, y obra el milagro de hacernos creer de nuevo en el oficio de periodista”, escribe Leila Guerriero, y ahí planta bandera, porque, dice, “no hay nada más sexy, feroz, desopilante, ambiguo, tétrico o hermoso que la realidad”.

A los textos originales, donde destacaban perfiles del Gigante Jorge González, Facundo Cabral, Pedro Henríquez Ureña, Yiya Murano, René Lavand, José Alberto Samide, el trabajo del Equipo Argentino de Antropología Forense o el caso Romina Tejerina, se le suman, a esta edición, los de figuras como Ricardo Darín o María Kodama, un texto sobre la escritura en sí, titulado “El discurso del método”, y un episodio histórico reciente como fue la última campaña presidencial.

“Es bonito que se vea el paso del tiempo en los textos”, cuenta Guerriero a LA GACETA Literaria, “textos en los que en aquel momento pensaba ciertas cosas que ahora ya no pienso de manera tan taxativa. Son los textos tal como se publicaron en la primera versión. Pero algunos de esa primera versión y los nuevos difieren un poco de los que se publicaron en los medios de comunicación. En algunos casos yo me guardo una versión bastante más larga que la que puedo publicar en un medio de comunicación pensando en publicarla después en algún libro”.

Por su parte, editado originalmente en 2005, Los suicidas del fin del mundo es un largo viaje a Las Heras, provincia de Santa Cruz, donde toman protagonismo el desierto patagónico (al leerlo, puede oírse el murmullo asordinado del viento, y hasta se diría que es necesario cerrar los ojos, cada tanto, para que no los asalte el polvillo), la explotación petrolera, una prosperidad que se desvanece con la privatización, el reino de la indiferencia y ese puñado de habitantes que se ven arrebatados (¿sorprendidos?) por el suicidio de varias personas, mayormente jóvenes, a fines de los ’90.

“A mí, lo que me parece, es que ahora se está hablando del tema, sobre todo desde la pandemia para acá”, dice Guerriero respecto de ese flagelo que disparó su búsqueda allá por 2001-2002. “Cuando yo hice Los suicidas del fin del mundo era tabú, no había estadísticas, era como una tierra incógnita total. A mí me alegra que por lo menos ahora se haya acabado con esta idea tan torpe de que si se publicaban noticias sobre suicidios se producía un efecto contagio. ¿Desde cuándo no hablar de las cosas que pasan es mejor que hablar de las cosas que pasan?”.

Respecto de aquella época de quiebre, dramática, trágica para el país, y una posible analogía con este presente en que el libro se reedita, Leila Guerriero sugiere: “Tengo un recuerdo muy amargo de todo ese verano: los eventos de diciembre, los muertos, los cinco presidentes. No sé si puedo hacer una conexión tan directa. Este es un momento muy, muy serio también. Hay muchísimas cosas que están en el libro que tienen que ver con el desempleo, un país que se supone federal, pero en el que la cabeza es Buenos Aires y lo que no sucede allí prácticamente no sucede, la privatización de las empresas. Es un libro que recoge un montón de temas que están ahora, de nuevo, en el centro de la conversación”.

Cuenta que, de aquellas personas que sirvieron de testimonio, sólo quedó en contacto con Roberto Uccelli, músico instalado ahora en Buenos Aires: “Es un libro que ya tiene muchísimos años. A veces tengo relaciones más o menos esporádicas con las personas a las que entrevisto. Uno no puede quedar en contacto permanente con todo el mundo porque sería un poco enloquecedor”.

-Saliendo de ambos libros, y yendo más a las condiciones en que desarrollás tu trabajo, ¿cómo se maneja el encuentro con un testimonio, el diálogo frente a frente con alguien, en esta época de pantallas, virtualidad, inteligencia artificial, vértigo narrativo, relaciones efímeras?

-No encuentro ninguna diferencia en cuanto al tipo de conversación que yo sostengo con la gente, o con el que tenía hace diez, quince, veinte años. En ese sentido creo que la conversación, la escucha, es mucho más profunda. O sea: puedo escuchar mejor, puedo leer mejor a la gente. En el encuentro persona a persona todo este ruido no está presente, salvo que sea un tema de conversación con la persona que hablo. En cambio, la virtualidad me ha ayudado mucho. De hecho, hace un mes estuve entrevistando a una persona que no era la protagonista de lo que estaba escribiendo, pero sí con la que necesitaba hablar porque conocía desde la infancia a quien yo estaba perfilando, y esta persona vive en un país europeo. Yo no establezco relaciones efímeras con los entrevistados, al contrario, pobre gente, los veo quinientas veces hasta que se agotan de mí, supongo (risas).

PERFIL
Leila Guerriero nació en Junín, en 1967. Su trabajo se ha publicado en La Nación y Rolling Stone, de Argentina; El País, de España; Gatopardo, de México, y El Mercurio, de Chile, entre otros medios. Publicó los libros Los suicidas del fin del mundo, Frutos extraños, Una historia sencilla, Zona de obras, Plano americano, Opus Gelber, La otra guerra y La llamada. Recibió la Pluma de honor de la Academia Nacional de Periodismo y es maestra de la Fundación Gabo.

Por Hernán Carbonel - Para LA GACETA